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¡Hogar, dulce hogar!

De las calamidades, daños y desgracias que trae consigo la COVID-19 no voy a hablar, pues son de sobra conocidas. Pero ¿trae alguna ventaja, algún provecho aunque sea mínimo? A fin de cuentas, ya dice el refrán: “No hay mal que por bien no venga”. Le he dado muchas vueltas y tengo que admitir que ventajas, hoy por hoy, no tiene ninguna. Aunque muy al fondo, oculto tras los muertos, enfermos y tragedias que lleva consigo, he creído vislumbrar algo parecido a una bendición o, mejor, un alivio en medio de tanto daño y dolor. Se lo expongo sin garantía alguna.

Nuestros más remotos antepasados, recién bajados de los árboles y viviendo –si vivir podía llamarse a aquello–, en cuevas o poblados sin otra comodidad que el fuego y las pieles de los animales que conseguían cazar, sufrían enfermedades como documentan los restos hallados de ellos, que en ocasiones se extendían por la entera comunidad, llegando en casos a exterminarlas. La tradición y los primeros escritos nos informan de que, en la mayoría de los casos, lo atribuyeron a “castigos de Dios”, o dioses, de ahí los sacrificios que les hacían para calmar su furia.

En esas lamentables condiciones vivió la humanidad durante no ya siglos, sino eras, asaltada periódicamente por plagas, recuerden las de Egipto, o pestes, acuérdense de las medievales, mientras la ciencia apenas avanzaba en ellas. Con decir que el tratamiento favorito era la sangría está dicho todo. Hasta que se descubren los microbios y las vacunas, un salto gigantesco, que erradicó enfermedades “incurables”. De ahí en adelante, con descubrimientos como la penicilina, se producen curaciones que antes hubiesen sido considerado milagros. La leucemia, por ejemplo. Hoy, con el trasplante de médula, se salvan infinidad de pacientes.

Pero –¡siempre hay un maldito pero en esta vida y este mundo!– surge un nuevo enemigo, mucho más peligroso: los virus, seres con buena parte de las funciones vitales, pero no la principal: capacidad para vivir por sí mismos, necesitan a otros para existir. Son “okupas” dificilísimos de echar, porque, al matarlos, se mata la célula en que habitan. La COVID-19 es uno de ellos. Lo que nos devuelve al punto de partida: ¿son esos medio-seres un producto del desarrollo, de la civilización, de “nuestros pecados contra la naturaleza”, que no nos cansamos de violar? Si pensamos en lo que está ocurriendo en la atmósfera, las aguas la misma tierra, cada vez más contaminada, habría que admitirlo. Y la única forma de combatirlo es detener ese desarrollo y consumo descontrolado que facilita la propagación del virus. Es lo que hemos hecho durante el confinamiento, quedarnos en casa, trabajando desde ella, para redescubrir la lectura, la música, la familia, que teníamos olvidadas. “Hogar, dulce hogar”, palabra mágica en todos los idiomas, refugio en los peligros, descanso en las tribulaciones. Lo malo es que los españoles nos hemos acostumbrado a vivir en la calle. O en la barra del bar. Mientras las mujeres prefieren las terrazas. Siempre distintos.

José María Carrascal

Historias de la Pandemia

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