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Pepe Oneto, cuando no había costumbre

Pepe Oneto tuvo sus primerísimos escarceos periodísticos en la revista “Signo”, de aquella Acción Católica o adyacente, que despertaba la defensa de las libertades acompasada con el Concilio Vaticano II y la atmósfera del papa Pablo VI. Caducaba el nacional-catolicismo con el que se compensó a la Iglesia de las persecuciones sufridas por los “Mártires de su Fe”, que se compendiaron en el libro que firmó Fray Justo Pérez de Urbel y escribió Carlos Luis Álvarez, quien por 25.000 pesetas de las de 1961 hizo de “negro” venal atendiendo el encargo de Valentín Gutiérrez Durán, subdirector general de Prensa en el Ministerio de Información y Turismo que regentaba Gabriel Arias Salgado.

Venía de su natal San Fernando para ser residente en el Colegio Mayor San Juan Evangelista y cursar Ciencias Económicas en la Universidad Complutense. Luego se implicó con otros compañeros en las luchas universitarias afecto al Felipe (Frente de Liberación Popular), y por ahí le llegó el veneno del periodismo que cursó en la Escuela de la Iglesia. Cerca, en el Colegio Mayor Pío XII, andaba Francisco Carrillo Montesinos y otros activistas que organizaron el ciclo de conferencias de Reforma Universitaria con gentes de extrema peligrosidad como José Luis López Aranguren o Javier Zubiri.

Pero Pepe Oneto tuvo el mejor adiestramiento con fuego real para el ejercicio del periodismo en la Agence France Presse (AFP). Empezó con la precariedad imaginable en su oficina de Madrid con el director Jean Louis Arnaud y luego con quien le relevó, François Pellou, recién llegado de la guerra de Vietnam. De ahí pasó al diario “Madrid”, que desde octubre de 1966 había empezado una nueva etapa explorando las posibilidades que proclamaba la reciente Ley de Prensa de Fraga. Rafael Calvo Serer había alcanzado la presidencia de la editora y Antonio Fontán fue designado director del periódico. Pepe se incorporó como redactor a la sección de Nacional, dedicado a la información política. Allí estaban Jesús Pardo, Juan Bellveser, Miguel Ángel Gozalo, José Vicente de Juan, Joaquín Bardavío, Francisco Cerecedo, Jesús Picatoste, Juby Bustamante, Miguel Logroño, Nativel Preciado, Román Orozco, Manuel Pizán, Alberto Míguez, Onésimo Anciones, Jean Pierre de Gandt, entre otros.

La exploración de los límites de la libertad con el deseo de ampliarlos se tradujo en sanciones y procesamientos varios; y el 30 de mayo de 1968, un cierre por cuatro meses, y el 25 de noviembre de 1971, el cierre definitivo, al cancelarse su inscripción en el registro de empresas periodísticas. Antes Pepe Oneto fue uno de los impulsores de la Sociedad de Redactores, cuando, como luego se supo, faltaban solo unos meses para el cierre y ya se barruntaba el desastre, siguiendo el admirado modelo del diario francés “Le Monde”, que describió Jean Schwoebel en su libro “La presse, le pouvoir y l’argent”. Ninguna redacción de la prensa madrileña ofreció amparo a esos náufragos para no indisponerse con el poder que todavía tenía cuerda para rato.

Pepe Oneto se incorporó meses después al recién nacido semanario “Cambio 16”, que, de la mano de Juan Tomás de Salas, intentaba sin éxito abrirse camino rompiendo la inercia de la prensa domesticada por el régimen. Entonces sobrevino la primera muerte de Franco en mayo de 1974, y Pepe Oneto, cuando no había costumbre, consiguió con sus crónicas que auscultaban la realidad y la descodificaban haciéndola inteligible a los lectores que acudieron presurosos a los quioscos y elevaron las ventas por encima de los 200.000 ejemplares. Oneto fue después director de la publicación y tuvo sus diferencias y acabó invocando la cláusula de conciencia. La trayectoria de Pepe pasó por el semanario “Tiempo”, fue del Consejo Editorial del Grupo Z, director de informativos de Antena 3 TV, colaborador de programas de debates en emisoras de radio y televisión. Además, fue escribiendo algunas de sus vivencias más en primera línea en libros que pusieron en claro muchas de las confusiones que nos han apesadumbrado.

Estamos ante un periodista de cuerpo entero, entregado con pasión al oficio, siempre queriendo saber más, siempre buscando fuentes que cultivaba con esmero sin dejarse esclavizar por ninguna de ellas. Pero Pepe era además un carácter. Nunca se dejó vencer por las solemnidades ni perdió el sentido del humor para desconcierto de sus contradictores. Que la tierra de San Fernando le sea leve.

Miguel Ángel Aguilar
10 de octubre de 2019

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