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Grandes noticias que no duran nada: el día que reventó el globo del "periodismo 24 horas"

Gonzalo Suárez/larazon.es.- A mediados de los años 30, mucho antes de convertirse en una leyenda del periodismo, Walter Cronkite era un bisoño reportero de una radio de Kansas. Un día, su jefe le ordenó que agarrara el micrófono e informase de que un incendio acababa de provocar varias víctimas mortales en el centro de la ciudad. Cuando Cronkite descolgó el teléfono para contrastar la información con los bomberos, le cayó un broncazo descomunal. "¡Que entres en antena!", aulló su jefe. "¡No hace falta que lo confirmes, mi mujer lo está viendo con sus propios ojos!".

Ya se pueden imaginar el desenlace. Como rememoró el propio Cronkite en su autobiografía, su jefe se hartó de esperar y se apuntó el "scoop". Mientras tanto, el joven reportero se enteró de que, en realidad, el cacareado incendio era una pequeña fogata que apenas había provocado daños. Tras dejar en evidencia a su superior, Cronkite acabó dejando su puesto poco después. Eso sí, se llevó consigo un lema que le guió durante toda su carrera en la CBS: los hechos son sagrados. O, como reza el primer mandamiento del periodismo anglosajón: si tu madre te dice que te quiere, compruébalo.

Patinazo colectivo
La muerte de Cronkite este verano tuvo su lado positivo: al menos, el periodista no tuvo que contemplar a su adorada profesión en pleno patinazo colectivo. Le habría indignado el espectáculo de miles de reporteros que, hechizados por un globo de helio, ni se molestaron en comprobar si había un niño dentro o no. Y ahora el oficio se enfrenta a una segunda humillación con el estreno de "Starsuckers", un documental que desvela lo sencillo que resulta colar noticias falsas a los reporteros hiperexcitados que alimentan –o, mejor dicho, alimentamos– la maquinaria del periodismo actual.  Al otro lado del teléfono, el director del filme, Chris Atkins, no puede contener las carcajadas. "Lo más extraño del caso del "niño del globo" es que no haya ocurrido mucho antes", asegura. Y eso que el cineasta sabe de lo que habla: durante varios meses, su equipo se dedicó a filtrar noticias absurdas a tabloides tan poderosos como "The Sun" o "The Daily Mirror", que cuentan con cientos de periodistas profesionales. "Pero, en la mayoría de los casos, publicaron nuestras patrañas  sin contrastarlas y, de paso, añadieron detalles falsos de cosecha propia", asegura.

Sus "exclusivas" forman una antología del disparate del periodismo moderno. Amy Winehouse se quema su moño cardado. La hija de Bob Geldof rellena sus sujetadores con chucherías. Guy Ritchie se lesiona un ojo haciendo malabares con los cubiertos. Atkins llamaba a la redacción, respondía un par de preguntas de un reportero desganado y, poco después, su «noticia» aparecía en el periódico. Y de ahí al infinito: al día siguiente, medios de todo el mundo "rebotaban" la información como si fuera un hecho contrastadísimo. "Era como la gripe A: seguíamos su expansión minuto a minuto… Fue hilarante, pero también daba bastante miedo ver cómo pudimos engañarlos con tanta facilidad", dice Atkins.

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