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Íñigo de Barrón: ‘Los medios nos hemos arrimado demasiado a los políticos’

Buenas noches a todos. Muchas gracias por acompañarnos, gobernador, presidentas, consejero delegado, directores generales, responsables de comunicación, compañeros y amigos que nos acompañáis, otro año más, en el acto de entrega de los Premios Tintero y Secante de 2019.

Creo que no es casualidad que este año los tres tinteros, elegidos por los votos de los asociados, -ya somos 270-, procedan del mundo financiero y los secantes sean empresas no financieras, incluida alguna multinacional tecnológica, un sector que ya es habitual los últimos años como secante.

Sin duda, la terrible crisis que arrancó en 2008 y que ha endeudado y empobrecido a gran parte de los ciudadanos fue originada por los desmanes financieros y esto ha provocado que lleguen nuevas leyes más exigentes con la transparencia de las entidades y de sus supervisores. Y por eso tenemos aquí, por primera vez, a un gobernador del Banco de España, Pablo Hernández de Cos, como el primer premio Tintero, después de que sus antecesores hayan recogido flamantes premios Secante en el pasado. También nos acompaña Gonzalo Gortázar, consejero delegado de Caixabank y la presidenta de la patronal de seguros Unespa, Pilar González de Frutos, como accésit.

En honor a la verdad, debemos reconocer que los seguros no han colaborado a generar la crisis financiera; prefiero aclararlo antes de que me lo recrimine Pilar.

Ahora solo nos queda que, aprovechando que está aquí el gobernador, insistir en que convenza a los bancos de que no se solapen en sus ruedas de prensa de resultados, algo que curiosamente sucede más a medida que hay menos entidades.

Avances en la transparencia… pero relativos

Sin embargo, las empresas no parecen tomarse tan en serio la necesidad y la obligación de informar. En este caso, los tres premios Secantes son compañías de diferentes sectores. Hace un año y medio, la APIE tomó la iniciativa de pedir a la CNMV que emitiera un documento oficial que demandara a las empresas a comprometerse con la transparencia informativa. La buena acogida que obtuvimos de la Comisión se plasmó en una serie de recomendaciones que está publicado en nuestra página web y en la de la CNMV y empiezan a dar sus frutos: que cada vez menos Hechos Relevantes se publiquen a deshoras y que los textos enviados sean menos confusos y, por lo tanto, describan mejor la realidad de las cuentas de resultados y las situaciones de las empresas, según las primeras conclusiones de la CNMV

Como hemos comentado en años anteriores, a la junta de la APIE nos ha llamado la atención la regresión informativa que hemos vivido tras los años de la crisis por parte de las empresas. Y este problema viene a incorporarse, como una dificultad más a las que ya arrastramos los medios de comunicación desde 2008.

Empezando por el primero, debemos reconocer que nuestro prestigio social está en niveles muy bajos. Las razones son variadas, porque sobre los medios han caído como un mazazo los efectos de la crisis económica y los provocados por la irrupción del cambio tecnológico que nos ha dejado, aparentemente, sin un modelo de negocio claramente sostenible.

Un periodismo demasiado próximo a los políticos

Después de actuar casi como un pollo sin cabeza buscando una estrategia salvadora, sobre todo basándose en el recorte de salarios y los despidos, ahora nos encontramos con los medios más politizados y polarizados de los últimos años. Nos hemos arrimado demasiado a los políticos, el sector más desprestigiado por los ciudadanos y nos han traspasado sus mayores males, y no su parte positiva. En ocasiones, los medios han tomado partido de una forma indisimulada, sobrepasando la aceptable posición ideológica, algo habitual en el resto de democracias desarrolladas.

Y esta politización se ha trasladado a la información económica, a las secciones de economía de las webs y de los diarios e incluso a los medios exclusivamente económicos.

Meternos en las trincheras del poder político no es un camino para ganar credibilidad y reputación ante la opinión pública. Si se instala el desprestigio de la sociedad en los medios, si no se valora nuestra labor de mediadores, será difícil que nos crean, y, por lo tanto, que consideren que informamos con rigor, calidad y decencia.

Una batalla contra la desinformación

Como apunta Alan Rusbridger, responsable de la transformación digital del diario The Guardian y hoy responsable de Reuters Institute. “Los periodistas deberíamos ser veraces, fidedignos, honestos… Todo eso. Es increíble que todavía tengamos que recordarnos a nosotros mismos estas cosas, pero la máxima obligación del periodismo es la veracidad. Y si no lo conseguimos, el periodismo no tiene sentido”, dijo hace un par de días en una entrevista en el diario Ara.

Nunca es buen momento para desistir del buen periodismo, pero ahora quizá menos que nunca. Y lo digo por dos motivos: por la eclosión de las noticias falsas y por la necesidad de establecer sistemas de pago en los soportes online de los medios. Creo que podemos estar colocándonos en el peor sitio para iniciar estas dos tareas, ambas irrenunciables.

Ya nadie duda de que estamos en plena batalla contra la desinformación, que está generando grandes desafíos a las sociedades occidentales y amenaza con traer viejos demonios que creíamos enterrados desde hace casi cien años. En un momento tan delicado las democracias no pueden prescindir del periodismo de calidad, crítico y responsable.

Después de haber vivido cuatro campañas electorales hemos comprobado que la mentira ha formado parte de la estrategia política. Y esa mentira se basaba, principalmente, en noticias económicas manipuladas.

Parte de la clase política ha utilizado la mentira como estrategia para fomentar el miedo, el odio o desacreditar a los rivales. Ahí han surgido movimientos periodísticos de gran calidad para combatir los bulos, que tanto daño están haciendo a la sociedad. Nos acostumbrado a que los medios se dediquen a señalar las mentiras de los políticos, al día siguiente de los debates, como si fuera algo normal. Lo cierto es que ellos no se avergüenzan y muchos creen que sus electores no se lo tienen en cuenta.

Censura y presiones a los medios

Y en ocasiones, en la política se ha pasado directamente a censurar a los medios críticos, como está practicando en estos momentos un partido de extrema derecha, en lo que supone una regresión sin precedentes. Y no nos podemos olvidar del poder judicial, que ha tomado estas semanas pasadas algunas decisiones no admisibles, como imputar a periodistas por revelar datos de un sumario que estaba secreto, pese a que la información que era veraz y tenía interés público. En la APIE creemos que quienes tienen que guardar silencio son los funcionarios y no los periodistas.

Pero nuestros problemas no vienen solo de la política, sino también de los poderes económicos, capaces de presionar y tratar de influir en los periodistas. Algunas compañías han aprovechado su fuerza financiera, frente a la debilidad de las empresas periodísticas, para tratar de influir en nuestro trabajo diario. Y creo que es una estrategia equivocada porque, aunque pueden tener éxito a corto plazo, acabarán contaminando el pozo y si desprestigian a los medios, a largo plazo no habrá mensajero a quien tratar de influir porque su reconocimiento social habrá caído en picado.

En el fondo, a todos los que juegan limpio, sean del ámbito político como económico, les interesa que existan medios rigurosos y fuertes. Como dijo Martin Baron, director de The Washington Post, y antes de The Boston Globe, “el periodismo tiene la necesidad de adaptarse a Internet, pero es más importante alejarse del poder. Si no lo hace, morirá”.

Los enemigos internos del periodismo

Pero, admitámoslo, no todos los problemas están fuera. También hay fuego amigo. Entre nosotros han surgido en los últimos tiempos pseudoperiodistas, pseudo web informativas, que con apariencia de ser medios se han dedicado a buscar el negocio rápido mediante el chantaje o la coacción. Y esto también acarrea un gran desprestigio en un momento en el que el público confunde todo lo que aparece en las webs. Se está engañando con falsedades que tienen apariencia de noticia y que solo responden a oscuros intereses económicos.

El problema de las redes lo ha expresado bien Iñaki Gabilondo en el discurso que pronunció con motivo de la entrega del Doctor Honoris Causa por la Universidad de Sevilla, el pasado 15 de octubre: “El anonimato de las redes se ha convertido en un arma de destrucción masiva porque trabaja con información aparente que no cita su origen, que no distingue lo cierto de lo falso, lo comprobado del rumor, lo importante de lo anecdótico. Los ciudadanos necesitan ofertas periodísticas que ayuden a jerarquizar, a contextualizar para entender lo que ocurre. Esto solo se puede hacer con solvencia y ética”.

Lo que es indudable es que los medios hemos entrado en un mundo que no era el nuestro, Internet, sin tener una posición clara. Las grandes tecnológicas imponen sus reglas, absorben el beneficio económico y marcan el tráfico. Los jugadores de éxito han sido elementos muy llamativos, dotados con poderosas y atractivas luces de colores, que les han llevado a triunfar, al menos a corto pl

El buen periodismo y el buen uso de las redes

Mientras, los medios tradicionales adaptados, se han movido mal. Han perdido tiempo contando seguidores y lectores, olvidándonos de las reglas básicas del periodismo. Esta situación la describe muy bien Javier Mayorga, director del Departamento de Periodismo y Comunicación global de la Universidad Complutense de Madrid cuando dice: “El periodismo comparte espacio en Internet con todas esas cosas que no son periodismo, pero que emplean los mismos canales”.

No cabe duda de que el periodismo se debe servir de las redes sociales dado el tráfico que generan a los medios digitales, pero sin caer en la dependencia. Como explica Bernardo Marín, subdirector de El País, en un libro publicado hace poco más de un mes, La Tiranía del Click, “los medios han esperado la salvación de la tecnología” para atajar la crisis que azota a la prensa escrita, algo que provoca que “muchos medios de comunicación jueguen a ser redes sociales”.

“El clickbait, continúa Marín, es decir, la técnica de emplear titulares que suscitan una curiosidad casi irresistible, ha hecho picar a millones de cibernautas, pero también ha provocado el descrédito de muchos medios de comunicación que, ávidos de generar tráfico en sus páginas webs, han abusado de esta técnica para ‘pescar’ lectores incautos”.

“El clickbait es una estrategia que puede funcionar a corto plazo, pero a largo plazo el lector se cansa del jueguecito y del pretendido misterio. Es más rentable jugar honestamente con el lector y hacer un periodismo que no lance anzuelos. A largo plazo del clickbait es nefasto. Los medios que sobrevivan serán los que apuesten por la calidad y jueguen limpio con el lector”.

Obviamente los medios nos tenemos que acostumbrar a las reglas que tiene la red, y utilizar titulares atractivos e ingeniosos, pero sin sobrepasar ciertas líneas.

No cabe duda de que vivimos tiempos turbulentos, puede que siempre lo hayan sido, en los que se están cuestionando las instituciones políticas y sociales, que han sufrido un gran desgaste tras una crisis que ha generado desigualdad en la sociedad. Las redes han aparecido como instrumentos de confusión y manipulación. Las redes se comportan como un acelerador de sentimientos, la mayor parte de las veces apoyándose en noticias falsas. Los medios deberíamos transmitir sosiego y, al mismo tiempo, exigencias de cumplimiento a los poderes públicos.

Un caso paradigmático que resume esta situación ha sido el ataque de Donald Trump a The New York Times. Lo cuenta muy bien la revista Time en un reportaje publicado en octubre, sobre cómo afrontó Arthur Gregg Sulzberger, miembro de la quinta generación de la familia que controla el diario, los ataques del presidente de Estados Unidos. Dijo, Trump nos llama «el fallido New York Times», pero las acciones se venden tres veces más caras que hace una década. Los 4,7 millones de suscriptores de pago son más del triple de su tirada máxima y crecen de manera tan constante que el objetivo de alcanzar los 10 millones para 2025 no parece imposible. Y apunta el autor del reportaje: The New York Times hoy produce no solo beneficios sino también una cierta esperanza. Ha encontrado su propio camino a través de la oscuridad de las redes sociales, esas plataformas que han engullido la maquinaria de la democracia al reducir a los ciudadanos a seguidores y las noticias a contenido.

No son «contenidos», es periodismo

“Realmente odio la palabra contenido”, dice Sulzberger. “Es una palabra para tirar a la basura… la basura que encuentras a paladas en Facebook. “Lo que hacemos es periodismo”. Sin duda esta es la clave, periodismo de calidad, en cualquier soporte, que genere confianza en los ciudadanos y que estén dispuestos a pagar por ella.

Desde la APIE tratamos de fomentar la transparencia informativa y la formación porque creemos que son las mejores vías para tener un periodismo con buenos contenidos, que contextualicen las noticias que circulan por la red. Nunca hemos tenido más lectores que ahora, por lo que tenemos una gran oportunidad para proyectar una buena imagen de esta profesión.

Como decía Iñaki Gabilondo, creemos que el rigor y una selección profesional de las noticias son buenas vías para aportar valor a los lectores y construir un compromiso con las audiencias, incluidas las nuevas generaciones. Los ciudadanos necesitan del buen periodismo y nosotros creemos que no hay mejor camino para salir de la crisis que ganarse su confianza.

Fuente: Asociación de Periodistas de Información Económica (APIE)

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