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Conferencia del presidente de la APM sobre "La credibilidad de los medios"

Vamos a un mundo más mestizo, interactivo, más individualizado, más segmentado, más ciudadano y más comunitario, eso que llaman un mundo líquido. Los efectos de las tecnologías son evidentes y no son ni discutibles ni elegibles, aunque se puede vivir al margen de las tecnologías. A ese factor se une ahora una crisis económica que afecta de lleno al negocio y que pone en cuestión muchas formas de hacer periodismo. Dos crisis acumuladas: la tecnológica, permanente, y la económica, cíclica. Pero hay valores de siempre, que no cambian, a los que luego me referiré.

Pero ni el periodismo ha muerto, ni los periodismos van a morir, van a evolucionar y se van a transformar.

2.- Somos la generación que ha vivido más tiempo bajo el imperio de una libertad de expresión efectiva, la que reconoce nuestra Constitución de 1978, aunque antes el periodismo ya coqueteó con márgenes de libertad que tenían precio (cierre Madrid: 25 de noviembre de 1971). Así que contamos con la experiencia del periodismo en libertad, el de la 1ª enmienda de la Constitución de los Estados Unidos (15.12.1791) y el del decreto de libertad de imprenta en la isla de León 10 de noviembre de 1810.

Pero padecemos amenazas severas a la libertad de expresión, que es el campo de juego imprescindible del trabajo de los periodistas. Sin marco democrático, sin estado de derecho no hay espacio ni aire para el periodista; sin ese marco el periodismo es otra cosa. Y en ese marco de libertad, que nunca es completo ni perfecto, las amenazas son inevitables, como las arenas en el curso del río.

La primera amenaza es el conformismo, ese fatalismo de que no es posible trabajar en libertad, que el mundo es así, que no tiene arreglo, que el buen periodismo anda entre moribundo y muerto. Pero morirá si le matamos, si no hacemos lo que podemos y debemos.

La segunda es externa: la presión de las fuentes; la arrogancia de los poderes, de los gobierno y de los líderes culturales, sociales, deportivos… y de los terroristas, que quieren imponer el miedo; y también de los dueños del espectáculo que imponen la ficción.

Y es amenaza la pérdida del carácter de la profesión, en nuestro lado y también en el de los editores a los que necesitamos como los peces el agua. Son una amenaza los malos jefes de redacción, los que provocan esa pérdida de carácter.

Ante esas amenazas debemos apelar a la autoestima, a la dignidad y a la relevancia del trabajo individual, de autor, al carácter artesano y artista del periodismo. Más que nunca artesano. Y la tecnología viene en nuestra ayuda.

Y apelar al respeto a los demás, a los otros, a esos terceros imprescindibles en el relato periodístico; ciudadanos-lectores/oyentes; y también los protagonistas de la información.

La falta de respeto, la mofa, el mote, la descalificación personal suponen “mala práctica”, conducen a la pérdida de reputación y de la credibilidad, auque disfruten del aplauso fácil de unos cuantos fanáticos. Por eso es urgente apelar a una práctica conforme al propio criterio, a someterse a principios ético-morales básicos. (Los ministros y los delanteros centro, pasan, los periodistas menos, nuestro trabajo queda como los goles de Hugo Sánchez, se enseñan sin que nadie recuerde al entrenador o al presidente de turno).

(He visto pasar en mi vida profesional once ministros de Economía, veinte de Industria sobre los que he escrito a favor y en contra) y los que viven aun me saludan con razonable respeto. Ese es mi activo profesional que me lleva dormir con la conciencia tranquila).

3.- Los periodistas gestionamos la reputación de los demás. Materia muy delicada. Por eso hay que propiciar y dar mucho espacio y oportunidad al debate interno en las redacciones. ¡Hay de aquellas redacciones donde se ha agotado ese debate, donde la autoridad funciona como la ley de la gravedad, de arriba abajo!

Y junto al debate interno, hay que dedicar tiempo y espacio a dar explicaciones a la sociedad. No regatear nada a la hora de reparar los errores, de rectificar y de corregir los excesos, tan frecuentes en nuestro trabajo.

No se trata de problemas locales, que solo afectan al periodismo español. Quizá aquí hay menos debate y más pesimismo. A la profesión le preocupa más la precariedad y el paro y los bajos salarios, tal y como reflejan las encuestas, que la buena práctica, que la reputación social y la credibilidad. Y es un error grave de apreciación, de prioridades mal colocadas. La precariedad se combate desde la autoestima y el respeto y desde la buena práctica, que tiene que ver con la credibilidad y con la esencia de la profesión, con volver a las bases del oficio.

¿Qué piensan los ciudadanos de los periodistas y del periodismo que hacemos. Pues cada día piensan peor. Y no damos explicaciones suficientes, no avanzamos en la autorregulación. Por eso hay que volver a las raíces del trabajo de informar sin caer en el pesimismo.

(Dice la Constitución en su artículo 20.1. “Se reconocen y protegen los derechos: a) A expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción…. d) A comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. La ley regulará el derecho a la cláusula de conciencia y al secreto profesional en el ejercicio de estas libertades.

Y el 20.4. “Estas libertades tienen su límite en el respeto a los derechos reconocidos en este Título, a los preceptos de las leyes que los desarrollen y, especialmente, en el derecho al honor, a la intimidad, a la propia imagen y a la protección de la juventud y de la infancia. (art 18).

El campo de juego está bien definido y el desarrollo legal complementario es amplio, sobre todo en la doctrina del Constitucional que es dinámica, reiterativa, sin descartar (más aun con la que está cayendo) que es también evolutiva y cambiante. Si cambia la realidad y la sociedad… otro tanto la interpretación constitucional.

El buen periodismo tiene que sumar: Veracidad, verificación, lealtad al ciudadano, independencia de las fuentes, relevancia e interés, oportunidad para la crítica y el comentario, ser exhaustivo y proporcionado, ejercicio con respeto a la conciencia de los profesionales, y que sirve como control del poder.

Estos son los factores clave que desarrollan Kovach y Rosenstiel en “Los elementos del periodismo” que significa una llamada de atención sobre las nuevas fronteras y exigencias del periodismo actual.

No hay que darle muchas más vueltas al bicho, la cuestión es evidente, el buen periodismo, su credibilidad y su futuro esta contenido en estos elementos que son conocidos, que son claros, y que no admiten excusas.

4.- Me refiero ahora a algunos de los riesgos:

El primero: la tentación por el espectáculo, la confusión de géneros y el mestizaje del periodismo en territorios que le son ajenos. Antes nos preocupaba separar la publicidad de la información y la información de la opinión. Ahora lo urgente es saber seleccionar, distinguir, preservar la información y evitar que se deslice hacia la ficción y la emoción sin límite, hasta dejar de ser periodismo.

Segundo: la debilidad del relato, el sometimiento a las fuentes. Cada día es más difícil construir buena información, seleccionarla y ordenarla por relevancia e interés. Los intermediarios menudean y despistan a los informadores hasta confundirles. El ejemplo más reciente lo tenemos con la historia de “las armas de destrucción masiva” ¡Cuantas mentiras!¡cuantas fuentes que eran charcos!

Y tercero: la desmovilización de los propios periodistas. Hay poco debate y cuando se produce es ideológico, empresarial o personal. Las más de las veces es tan previsibles como ininteresantes. Los periodistas tenemos que recuperar poder en las redacciones, dejar oír nuestra opinión, lo cual no debilita la autoridad de editores o directores, todo lo contrario.

5.- El periodismo necesita revisión a fondo, desde dentro, cerrar filas para defender la buena práctica (por encima de intereses e ideologías), abrir espacios a la crítica interna y a la crítica social. Más compromiso. Una mezcla de “talento y decencia” a la que alude José Antonia Marina en una entrevista que publicaremos en Periodista FAPE. Y a la sociedad le interesa que eso ocurre.

Es urgente que los gobiernos se retiren del protagonismo en los medios: de mandar, dirigir, nombrar… fijar la agenda informativa, legislar los contenidos. Y también de la influencia indirecta a través del reparto de licencias y otras mercedes.

Algunos colegas dicen que frente al mal ejercicio del periodismo vale con el código civil, el penal, el mercantil y el laboral; que cualquier otra regulación, co-regulación o auto-regulación es restrictiva y dañina. Considero que ésta es una aproximación simple, que no tiene en cuenta el entramado de la sociedad civil, ni los modelos participativos de las democracias modernas, las democracias 2.0 o 3.0, que tienen que construir y desarrollar mediaciones antes de llegar a los poderes clásicos del Estado, aliviar al Estado, evitar que allí concluyan las diferencias y los conflictos. Por eso merece la pena ensayar fórmulas de autorregulación.

Lo cual me lleva directamente ala oportunidad de códigos deontológico o criterios de buena práctica. Ninguna profesión estructurada puede prescindir de ese requisito, que es una exigencia, una condición necesaria. Pero el desarrollo de esos instrumentos necesita la complicidad de periodistas, editores, de la universidad y de algunas instituciones civiles. Tal y como ha ocurrido en otras democracias más maduras y experimentadas que la nuestra.

6.- Hay espacio para el periodismo, más que nunca, lo necesita la sociedad. Existe buen periodismo, no es el más emocionante, ni el más notorio, ni el más respetado. Ese buen periodismo, puede incluso llegar a ser muy rentable y, sin duda alguna, es imprescindible en sociedades avanzadas y abiertas, tanto que si no existe es porque no son ni avanzadas ni abiertas. Democracia y buen periodismo, libertad y buen periodismo son sinónimos, cuando falla alguna de las caras fracasa el conjunto.

Y el buen periodismo produce credibilidad, que radica en que los hechos contados sean ciertos, verificados y creíbles. No reside en una cuidada página editorial, o en una primera página bien construida, más bien en la preocupación permanente para que todo el contenido, de un periódico o de un noticiario de radio o televisión, se haga con las exigencias de la noticia más exclusiva. La calidad está en el conjunto, porque el juicio del ciudadano-cliente se hace por una parte del todo, la que le interesa, la que le va a servir para medir.

Y esto del buen periodismo no es asunto sólo de periodistas o para periodistas, no es gremial, es del conjunto de la sociedad. Del mal periodismo salen perjudicados los ciudadanos. Los periodistas son responsables, pero también los editores a los que corresponde crear condiciones, ofrecer medios, localizar talento y propiciar su despliegue. La alianza de editores y periodistas, cada uno por su acera y con sus manías es condición necesaria aunque no suficiente para el buen periodismo y sus benéficos efectos.

Y también debe ocupar a los poderes públicos, competentes para preservar el marco del libre y leal juego de la competencia, del imperio del estado de derecho, para evitar conflictos de intereses y, finalmente para evitar la tentación de manipular, de enredar, de sacar ventaja y de enturbiar la compleja convivencia democrática. Los gobiernos debían ser como los buenos árbitros, discretos, eficaces, respetados, invisibles y con el reglamento en la mano. Ni más ni menos. Y los políticos en combate deberían abstenerse de algunas manipulaciones y abusos.

7.- Pero hoy el periodismo, no solo el español, pasa por duras pruebas para sobrevivir y para defender su credibilidad. Sufre del frío de las concentraciones que homogeneizan y alinean las opiniones y del calor de la fragmentación digital y cibernética que dispersa y crea nuevas oportunidades, que no están exentas de propiciar excesos, pero que no son más inquietantes que los que se cometen en los medios de los grandes grupos. Y sufre del agotamiento de editores con vocación sustituidos por otro tipo de gentes, a veces coleccionistas de marcas o de vanidades o simples traficantes de interese so ideologías. Oportunistas. De todo hay.

En ese proceso simultaneo de ensanchamiento de la base pero también de estrechamiento del núcleo del sistema, sufren los llamados medios de referencia, ya nadie se informa por un solo canal, nadie confía en una sola voz o medio; ahora se entrecruzan hechos, opiniones, impresiones… como el escaparate de una de esas tiendas de chinos de todo a cien, abiertas día y noche, donde lo difícil es distinguir.

Algunos periodistas antiguos, directores y redactores jefes envejecidos, desplazados, creen que tienen lectores exclusivos, que ven el mundo por sus titulares. Las audiencias se reparten y comparten, por ejemplo en los noticiarios de las seis cadenas generalistas de televisiones en abierto (2 públicas, cada una con otra cadena adosada, y cuatro privadas) que apenas se diferentes unos de otros. Los de la 1, también son de la 3, la 5, la 4, la 6…. Ya no hay lealtades cerradas; el mando a distancia otorga un poder que desespera a los programadores. Las adhesiones se han debilitado y el crédito se otorga con cuentagotas.

8.- Un fenómeno reciente, tan interesante como preocupante: es el debilitamiento de los medios de referencia, el deterioro de una credibilidad que habían construido durante años de buen desempeño. Es un dato nuevo insuficientemente analizado y frente al que no se nota respuesta. Ocurre en el "New York Times" y en el "Nouvel Observateur", y también en los de aquí. Ninguno de ellos es lo que era, y en muchos no están dispuestos a admitirlo ni siquiera como hipótesis. Sin nostalgia, pero los tiempos pasados para este oficio fueron menos tóxicos; más austeros y sencillos.

Es hora para reivindicar el periodismo artesano, esencial, de autor, libre, con controles internos, con libro de estilo y con compromisos claros con la audiencia a la que hay que dar más explicaciones y a la que hay que escuchar con más atención. Uno de los hechos que más alarman es el ínfimo nivel de debate que existe en las redacciones de los grandes medios.

9.- Losperiodistas estamos cada día peor armados frente a esas amenazas, desasistidos desde los propios medios. Hay que evitar el deslizamiento hacia lo espectacular para ocultar las carencias de una información deficiente. Es el caso reciente del "NYT" frente al candidato McCain, con una información sin fuentes, poco relevante, que se ha vuelto contra el propio periódico. O la de NouvelObs con respecto a un supuesto SMS de Sarkozy a su exesposa. O el caso de Judit Miller en el "NYT", a la que resultaba más cómodo creerse los cuentos de los iraquíes exilados, que además gustaban en la Casa Blanca, que indagar, dudar, revisar.

Como ejemplo del fenómeno sirve lo que podemos llamar confusión de formatos, muy frecuente en las televisiones. La televisión tiene que ver con el periodismo, pero no es solo periodismo, ni mucho menos. Precisamente por eso convendría señalar o señalizar mejor los géneros. Herramientas del periodismo puestas al servicio del entretenimiento producen resultados inquietantes, por ejemplo pasar como real lo que es ficción o artificio.

Cuando hechos espectaculares, noticiosos, se ponen al servicio del entretenimiento se estropea la información y el espectáculo. Las noticias en las noticias. El incendio del Windsor, cuando es noticia palpitante no puede convivir con salsa rosa, por más que los protagonistas de ese espacio de éxito se vistan de periodistas y dejen sus otras galas. Cuando el crimen de Alcaser se convirtió el motor de los programas de entretenimiento se llevaron por delante un montón de viejas buenas normas que soportaban la credibilidad.

La información es un hecho relevante que requiere cierto ropaje, cierta liturgia, formato propio y definido, tiene reglas escritas e implícitas. Reglas que sabemos. Para tratar los hechos, los acontecimientos, existen servicios informativos en las grandes televisiones, para que se ocupen de la información. Meterla en otros formatos es dar gato por liebre, estropea la información, conduce a deformarla.

10.- Más inquietante es la insoportable presión de las fuentes, cada día más poderosas y habilidosas. Cada día son más frecuentes los intentos de controlar la información, la libre circulación de los periodistas, el derecho de acceso. Ocurrió en la última campaña electoral, con los partidos dictando lo que hay que emitir e incluso elaborando las imágenes y guiones. Cada día son más los que tratan de amedrentar a los periodistas, de uniformarlos, de empotrarlos (habría que decir encamarlos, hacerles la cama, a ello y a la información).

Lo intentan los terroristas, pero también desde instituciones políticas y sociales respetables que recelan de la libre circulación de la información y la crítica. Los periodistas son vistos como un peligro, como una amenaza o como un arma de ataque al adversario.

Así que los periodistas necesitan un rearme frente a las fuentes, algo para lo cual hace falta la cooperación de los editores, a los que va mucho en el asunto, y de la propia sociedad, ya que el negocio de los periodistas no es otro que gestionar la reputación de las personas y las instituciones, fundamental para la convivencia razonable y el progreso de la sociedad.

Inquieta el creciente ninguneo que sufren los periodistas por parte de los actores, protagonistas o hacedores de las noticias. Por ejemplo de la Junta Electoral Central que quiere convertir a los informadores en cronometradotes del tiempo de intervención de los políticos en campaña electoral a la hora de aparecer en los medios públicos.

No hay periodismo sin fuentes y gestionarlas es tarea delicada y determinante. Valorarlas, atenderlas, cuidarlas, también desdeñarlas, protegerse de ellas… es un desafío tan importante como comprender lo que ocurre y saber contarlo para que se entienda e interese. Pero suelen ser fuentes que van más allá (o vienen) de los grandes intereses, más allá de los gobiernos, los partidos, los grupos de presión, y de sus poderosos aparatos de propaganda que tienen tiempo y recursos para preparar argumentos (les llaman argumentarios) y para colarse por los resquicios más débiles del complejo sistema de información en funcionamiento. Y como los gobiernos también lo hacen los intereses económicos, los culturales, los deportivos… y cualquiera que tenga algún átomo de poder.

En ese sentido debía ser posible fijar y preservar algunas viajas normas y derechos del oficio. Por ejemplo el derecho de preguntar, que no impone el deber de responder. Sin preguntas y re-preguntas no hay periodistas ni periodismo. Los “posados” es algo que empieza ser frecuente. Primero fueron algunos políticos de primer o segundo nivel con la pretensión de que hacían declaraciones institucionales, que se mandan por correo electrónico, que no requieren convocatoria. Y los periodistas no deben aceptar esas condiciones, aunque sean de los jefes, que se están pegando un tiro en su propia rodilla.

11.- La libre circulación de los periodistas por los escenarios de las noticias es imprescindible para que el sistema funcione. Cuando se alegan razones de seguridad o de intimidad, en la mayor parte de los casos no son, no es esa la explicación. Lo que pretenden es ocultar, mangonear. La tarea del periodista consiste en decir lo que sabemos… y contar quienes son nuestras fuentes. Insisto en que uno de los dramas actuales del periodismo es la gestión de las fuentes, la distancia a la que hay que colocarlas y la prudencia con la que hay que manejarlas, la transparencia a las que hay que someterlas para creerlas…. Una fuente quiere lealtad, que el periodista no llegue más lejos de lo que a esa fuente le interesa. El pacto de periodista y fuente es inestable, tenso. El periodista buzón, el que cuenta lo que le cuentan sin depurar, sin poner en contexto, sin valorar a quien perjudica o favorece, sin tener en cuenta el porqué de la filtración, que siempre tiene una explicación referida a pasiones, como la venganza o el odio, hará un trabajo con poco recorrido.

12.- Para concluir me referiré a unas declaraciones recientes de un político neozelandés metido en el difícil oficio de mediar en conflictos bélicos por cuenta de organismos internacionales. Describen la grandeza y la miseria de esta profesión: decía a los efectivos entrevistadotes de “la contra” de La Vanguardia:

“Los medios siempre están impacientes, ignoran los procesos lentos. Quieren color, movimiento, sensaciones fáciles e impacto instantáneo… Persiguen a quienes salen en la foto e ignoran a los artífices auténticos de la paz. Pero son muy efectivos. En Darfur llevábamos meses escribiendo y nada. Persuadimos al "NYT" para que enviara un periodista y de pronto la guerra estaba en el mapa y empezó a tener solución. Los medios quieren emociones directas; imágenes frescas, cuerpos mutilados y que la guerra lejana tenga alguna conexión con la audiencia local. Si una guerra no sale en la tele dura más. Sin atención mediática no hay política, y sin política miles de personas se matan en guerras olvidadas”.

Pues eso, los periodistas somos gentes poco deseables, pero bastante convenientes. A los ciudadanos interesa que el buen periodismo tenga espacio y crédito, para vivir mejor.

13.- Lo cual me lleva a una referencia corporativa. Debería haber titulado la credibilidad de los periodistas más que la del periodismo; hablar de periodistas, más que del periodismo. Porque si algo caracteriza al periodismo es el pluralismo, la complejidad.

Hay una literatura infundada sobre el corporativismo de los periodistas. No la comparto, no se puede sostener con datos. La broca entre periodistas es permanente, nos gusta la bronca, es nuestra medio natural. Viene desde el mismo nacimiento del periodismo. Probablemente está en nuestro código genético. Otra cuestión es el grado de educación y de respeto, con el que cursa el debate. Hoy es bastante bajo, aunque depende del talento, que es un bien escaso. El talento propicia la ironía, anima el respeto y hace la crueldad más tolerable. Sin talento abundan insultos, infamias, injurias, las oímos todas las mañanas… Hoy el debate profesional es flojo, de muy baja calidad. De poco respeto unos a otros y nada corporativo.

Pero todo esto es poco relevante, es consecuencia más que causa. Es el resultado de un deterioro en la calidad del periodismo. Es un deterioro palpable, que se nota en las encuestas. El periodismo tuvo “buena prensa” en la transición democrática, fue imprescindible. Pero luego se amoldó y se amodorró. No fue capaz de exigirse la mejora y la superación que le imponía la propia transformación de la sociedad. Le ha pasado como a la política, como a los instalados. No es casual que políticos, sindicalistas y jueces cuenten entre los peor valorados. Les pasa lo mismo a los periodistas.

Perder credibilidad es lo peor que puede ocurrir. La credibilidad de los medios es el mayor desafío para los periodistas, es el oxígeno necesario para vivir. Un activo que se construye poco a poco y se destruye con velocidad.

No resisto la tentación de recordar la llamada “guerra digital” de hace una década, de la que aun no hemos salido ya que está en el origen de muchos disparates. Muchos de los protagonistas más activos de aquel desastre de 1997, tan costoso para todos, ni están ni se les espera, pasaron por el sector como elefantes en cacharrería, se metieron en camisas de once varas para sacar ventaja, para ajustar cuentas, o por otras razones y causas, … y luego desaparecieron de escena, dejando platos rotos, facturas sin pagar y enfrentamientos, odios en algunos casos, servidos para largo.

Suele ocurrir cuando entrometidos con pretensiones meten las manos en donde no debían sin mucho entrenamiento previo. Fue una guerra de restas y un alto precio, para el gobierno de la época, en primer término, para Cascos y para Aznar… también para Telefónica, y para TVE, y también para los otros contendientes más o menos forzados, para los jueces, para la fiscalía… la lista de damnificados es larga.

Y no hay duda de que aquella contienda tuvo un efecto nocivo para el periodismo. Quizá los únicos que ganaron fueron unos cuantos futbolistas y los comisionistas que pululan a su alrededor y de algunas de las grandes distribuidoras de cine y sus correspondientes intermediarios. Y los que gustan de pendencias.

Podía haber servido de lección pero no volver a las andadas. Pero no. Los gobiernos vuelven a caer en la tentación de meterse en el proceloso charco de las licencias y la regulación a la carta, de las que luego salen trasquilados y con moratones. A quienes les otorgan las licencias les parecen pocas, maldicen luego porque no resultan como esperaban. Y a quienes no les llegan, se sienten maltratados. Porque en los despachos y los comedores se promete más de lo que pueden dar.

Cuesta entender la pasión de los gobiernos por meterse en el enredo de los medios. Alguien les hace creer que si hacen favores van a mejorar en las fotos o van a hacer declaraciones más inteligentes. Y no es así. Obtienen algunas ventajas pero también inconvenientes no previstos ni deseados. Los gobiernos y los medios tienen que llevarse regular; lo mejor es que se respeten, pero sin aspirar al cariño; que se hablen lo menos posible. Cuando prende el cariño, unos u otros, o los dos al tiempo, están haciendo mal su trabajo.

La bronca del 97, y la permanente por la obtención de licencias, hizo mucho por el desprestigio y la pérdida de credibilidad, en general, de periodistas, editores y políticos. Basta reparar en las encuestas para verificar el hecho. Los periodistas gozábamos hace diez años, quizá hace quince, de buen crédito, construido a base de un trabajo respetable. Ahora vamos para atrás. Y no me cabe duda que parte de los problemas de desafecto, de caída de lectores, tiene origen en esa pérdida de credibilidad que no es ajena a las guerras por las licencias.

En la prensa escrita, los avances tecnológicos y industriales y, sobre todo, en logística y marketing, apenas han servido para mantener las difusiones de hace veinte años. Internet, los gratuitos,… solo son excusas, coartadas para no ir al fondo en el análisis de la pérdida de difusión, que tiene que ver con la merma de credibilidad y con los enredos y errores de la diversificación, muchas veces mal planteada, así como con la pasión multimedia que no es ni una necesidad ni una panacea.

A los periodistas interesa que el sector crezca, que las empresas sean más sólidas, que vivan de esto y no de favores o ventajas con otro origen, cuyo precio suele ser el sacrificio de la información y la opinión. Este es un buen sector, rentable, recomendable como inversión a medio y largo plazo. A los periodistas conviene que les dejen trabajar con libertad y con responsabilidad y para eso necesitan editores serios, que crean en su trabajo y que encuentren recompensa a su inversión y gestión. Sin editores los periodistas no llegarán lejos. Tampoco ellos sin los periodistas.

 

 

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