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Tiempo para pedir perdón

Año 2020, desgraciado año de la pandemia. Dicen sociólogos e historiadores que la historia universal a partir de ahora se distribuirá en dos grandes apartados: antes y después del virus COVID-19. Cuando estoy a punto de cumplir los 90 años, la época pospandemia no me promete mucho recorrido. Y por este motivo, en estos meses de encierro doméstico, he tenido oportunidad de dedicarme a cultivar la nostalgia como inocente desahogo muy propio de un abuelo sin nietos.

En mi buceo por libros e internet, he localizado dos intervenciones mías de las que no me siento especialmente orgulloso. Como ambas tuvieron cierta repercusión pública, me parece que la tribuna que me brinda la APM es un lugar adecuado para un pequeño descargo de conciencia. Las dos tienen que ver con el mundo periodístico, tanto profesional como académico. Allá voy.

Periódicos impresos
Este es, desgraciadamente, y a nivel universal, el trágico año de la COVID. El mundo entero está viviendo una tragedia sin precedentes. Pero en otro tiempo yo utilicé frívolamente la magia numérica del vente-veinte para presumir de adivino del futuro de los mass-media. Hace casi veinticinco años, publiqué un libro (El ocaso del Periodismo, 1997, pág. 24) donde afirmaba lo siguiente con total desparpajo: “No es necesario ser profeta para aventurar que la muerte de los diarios impresos en papel no se demorará más allá del año 2020”. Y, por si fuera poco, un par de años más tarde, y a lo largo de una lección magistral en la Universidad San Martín de Porres, de Lima (1999), reincidí: “Los diarios y los demás medios impresos están condenados a desaparecer dentro de un plazo inferior a un cuarto de siglo, lo cual nos sitúa cronológicamente alrededor del año veinte del próximo milenio”. Hoy es evidente que no acerté en mis predicciones y que pequé de autosuficiencia. Mea culpa. Y para mayor inri, no seguí el sabio consejo atribuido a A. Einstein: no es bueno pensar y hacer cábalas sobre el futuro porque este llega siempre demasiado pronto. En este caso, y para mi vergüenza, el futuro todavía no ha llegado. Demos gracias a Dios.

El bibliotecario de la APM
El otro pecado del que me estoy arrepintiendo en este tiempo de pandemia me vino a los ojos al revisar Infoactualidad, un excelente periódico on-line de prácticas de los alumnos de mi facultad en la Complutense. En abril del 2015 publicaron una extensa entrevista y, ya al final, el estudiante me pidió que resumiera mi vida en una frase. “Fui amigo de mis amigos –dije–, aunque en ocasiones me haya podido equivocar al tomar decisiones que les afectaran. Y estoy pensando, concretamente, en un profesor sobre quien tuve que decidir algo que me dolió mucho y que a él también le dolió. Creo que me equivoqué. Pero para mí sigue siendo mi amigo, a pesar de todo”.

El nombre de este profesor es Bernardino Martínez Hernando, también archivero-bibliotecario de nuestra APM durante largo tiempo, fallecido en abril del 2019. Mi error en este caso fue que no voté a su favor en una reñida oposición para una plaza de catedrático de Periodismo en la U. Complutense. Ocurrió en el otoño del año 2002. Yo era el presidente del tribunal y el prof. B. M. Hernando tenía entonces 68 años (es decir, estaba a menos de dos para su jubilación). Para colmo, semanas antes de las pruebas académicas, le animé a que se presentara y le prometí mi apoyo en la votación. Por supuesto, la edad tuvo parte de la culpa de mi cambio de criterio, pero el factor definitivo fue lo que podríamos llamar “síndrome del puente sobre el río Kwai” que yo experimenté de forma dolorosa. Este mal afecta a aquellos ejecutivos que tienen que decidir entre el mantenimiento de una obra propia bien acabada y el sacrificio de personas o valores muy apreciados por el responsable de la decisión. Mi puente se llamaba Departamento de Periodismo I: conté desde el primer momento de su creación legal con el apoyo de un buen número de colaboradores, pero lo cierto es que fui yo quien lo sacó adelante. Era, efectivamente, una obra bien acabada, hasta el punto de que yo veía nuestro departamento, modestia aparte, como un grupo de trabajo casi modélico para el resto de los departamentos de la Facultad. En el 2002 ya no era el director, pero había allí una clara línea de continuidad con profesores jóvenes que aseguraban la armonía interior. La edad del prof. M. Hernando abría una incógnita a dos años vista, con el peligro de que la lucha por la cátedra vacante podía despertar conflictos internos y rivalidades entre los docentes que sobrevivieran entonces como actores protagonistas en el nuevo escenario. El coronel Nicholson quería mantener el puente en pie y perdió su apuesta. Yo la gané, pero B.M.H. resultó sacrificado: no ganó la cátedra. Después de su muerte, la APM organizó un encuentro académico en homenaje del que había sido su bibliotecario durante un montón de años. En el curso del acto conmemorativo, uno de los asistentes dijo que la Universidad Complutense se había portado mal con Bernardino M. Hernando. La realidad, que conozco muy bien y desde dentro, es más bien otra: la Universidad hizo lo que tenía que hacer; el que se portó mal fui yo. Fui desleal a un buen amigo.

Tiempo de pandemias, tiempo para la reflexión, y, en mi caso, tiempo también para pedir perdón. En el caso de la supuesta desaparición de los periódicos impresos, quiero pedir perdón a los lectores de mis libros y a los oyentes de mis clases y conferencias donde traté de este asunto más o menos extensamente. En mi descargo diré que actúe de buena fe y en una línea de pensamiento bastante común entre algunos teóricos y periodistas de aquella época. Pero admito que, un cuarto de siglo después, aquellos vaticinios pueden hoy parecer la milonga de una pitonisa borracha.Y en el caso del profesor/bibliotecario, pido perdón a sus numerosos amigos y, muy especialmente, a sus alumnos. Sus alumnos le adoraban, me consta. En mi dilatada vida docente, no he conocido a un profesor con más carisma comunicativo que Bernardino M. Hernando. Que Dios lo tenga en su gloria y que, desde ella, también él me perdone.

Piscina solitaria
Para terminar, y como contrapunto de las anteriores cuestiones situadas en el pasado, quiero recoger aquí una anécdota reciente, una pequeña experiencia veraniega. Durante el confinamiento protector, he podido bajar sólo 6 o 7 veces a la piscina del Club de la Ciudad de los Periodistas. Una de ellas, en el mes de agosto y a primera hora de la tarde, me encontré allí absolutamente solo: nadie en la alberca de 33,3 metros ni en las otras dos más pequeñas, nadie en el perímetro de piedra que la rodea, nadie en las zonas contiguas de césped. Aparte de los tres socorristas, yo era el único ser humano en aquel lugar. El asombro me dejó paralizado. Observé, receloso, el panorama: en un sitio permanentemente bullicioso durante la temporada de verano, la soledad y el silencio se palpaban en el aire como un mal presagio. Finalmente me hice varios largos con toda parsimonia, totalmente solo, solo, solo…Terminé la faena y me volví a casa en el edificio Larra II, justo a dos pasos. Esto es todo, realmente poca cosa. Pero estoy pensando en pedirle al club un certificado que me acredite como un “senior citizen émulo de Tarzán” (o sea, un vejete que todavía nada decentemente). Y una fecha: Madrid, verano del año de la peste, 2020.

José Luis Martínez Albertos
Catedrático emérito de la Universidad Complutense de Madrid

 

Historias de la Pandemia

(2) Comentarios

  1. MARIA MERCEDES GORDON PEREZ dice:

    Querido José Luis Martínez Albertos, gracias por tu comentario y saludo a mi artículo publicado en la web de la APM. También he leído el tuyo, maestro siempre, y dada la gran gestión realizada en el Departamento de Periodismo I de la Complutense, y habiendo sido profesora asociada y voluntaria durante varios años, me permito absolverte de tus remordimientos. Tenías Razón. Un cordialísimo abrazo.
    Mercedes Gordon.

  2. FERNANDO GONZÁLEZ URBANEJA dice:

    Querido Jose Luis, te “historia de la pandemia” me ha impresionado; eres un tipo íntegro que merece la pena conocer, respetar y tartar. Tu explicación del caso de nuestro querido Bernardino (cómo le echamos en falta los que le tratábamos con frecuencia) es muy razonable, incluso ayuda a reflexionar sobre cómo comportarse ante dilemas como el que tu resolviste de acuerdo a tu conciencia. Sobre el otro aspecto, el del fin de los diarios, no se has alejado demasiado, temo que algunos son como zombies. Pero no serán diarios en el futuro, pero su periodismo, ese no va a desaparecer.
    fernando gonzalez urbaneja

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