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Guillermo Galván Olalla

Guillermo Galván Olalla nació un día trece, trece de febrero. Ese número del que todos huyen y que tú, hermano, por llevar la contraria, elegiste como favorito.

Pero ya lo decías: “Mi mundo no es de este reino”.

Y el tiempo te dio la razón, porque un número trece te hizo excedente de cupo y te libró de la mili. Y tu mayor regalo fue que tu primer nieto, Nico, naciera también un trece de febrero.

Tu seguridad y tu firmeza te llevaron al periodismo y lo ejerciste durante 35 años, casi siempre en la agencia EFE, aunque papá te hizo pasar antes por la Escuela Aeronáutica.

Eran tiempos complicados: muerte de Franco, transición… y ahí estuviste tú, llevándote algún porrazo de la policía cuando te tocaba cubrir manifestaciones y arriesgándote con la palabra precisa y honesta. Aún recuerdo a mamá curándote una de esas heridas.

Y ahí estaba yo, 14 años menor. Miraba, aprendía y me empapaba de lo que hacías.

Al final, a papá le salieron, no uno, sino tres hijos periodistas.

Solo tú tuviste la culpa de que los tres hayamos sido felices en el oficio.

Yo te iba siguiendo en silencio cuando componías canciones a la guitarra, aunque esa herencia se la ha llevado tu hijo Guille.

Viviste en un mundo de creación, que fue definitivo cuando dejaste el periodismo para dedicarte a escribir, no sin antes poner la semilla de lo que hoy es RTVM.

Cuánto mimo, trabajo y amor pusiste en cada una de tus novelas. Trece más una -en esta ocasión te saltaste tu número-, y muchas con premio. La primera en 1998, La mirada de Saturno.

Hasta que en 2019 llegó Carlos Lombardi. Creaste un personaje que fundó una saga y embelesó al público. Historias de un investigador en tiempos de posguerra que te hizo entrar en el “Gran club del thriller y la novela negra”.

No quisiste marcharte sin terminar el último libro: El Club de las viudas y lo conseguiste.

Hoy, escribo estas palabras desde la humildad y el orgullo. Nunca llegué a tu nivel. Aunque espero que tu nieto Telmo lo consiga con esa novela que escribías con él y que ya no podrás terminar.

A pesar de no ser ingeniero aeronáutico, has logrado llegar a las estrellas y allí estás, en una que te estaba esperando desde el día que naciste. Compartiendo espacio con Lombardi y un buen café, y seguro que debatiendo con él sobre otras posibles historias que tejer, o dando una conferencia al resto del universo. Porque un 20 de agosto no se acabó ni tu imaginación, ni tu inigualable forma de escribir, ni tus sueños.

Querido Guillermo, nos encontraremos en alguna estrella, algún día. Quizá caiga en trece.

Inmaculada Galván
10 de noviembre de 2025