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La pandemia que no cesa

Cuando esto escribo estamos en medio de la segunda ola de la pandemia del coronavirus, creo que la más espantosa, dañina y extensa de cuantas ha padecido la humanidad, pues se ha cobrado la vida de millones de personas en todo el mundo, ha contagiado a muchas más y ha dañado gravemente la economía, provocando el desempleo de millones de trabajadores y la ruina de numerosas empresas.

¿Cómo he vivido yo esta terrible pandemia? Desde la implantación del estado de alarma (a mediados de marzo), confinados en casa y tratando de cumplir las normas generales dadas a la población para evitar el contagio: uso de mascarillas, lavado frecuente de manos, guardar la distancia social, etc.

La verdad es que no llevé mal el confinamiento, más severo los primeros meses; más llevadero después. Soy casero y me gusta mucho quedarme en casa. Nuestros hijos nos evitaron salir a la calle abasteciéndonos de comida y alimento, de manera que no tuvimos que ir a la compra, ni a consultas médicas, ni siquiera a misa, que oímos por La 2 de TVE los domingos.

Todo lo más, paseos por el parque de la Ciudad de los Periodistas, al principio, y por sus alrededores, más adelante. He aprovechado el encierro para leer buenos libros, como “Viaje al corazón de España”, de García de Cortázar; “Transición”, de Santos Juliá; “Confieso que he vivido”, de Neruda; dos de Kierkegaard, y otros más.

Pero a los cuatro meses del estado de alarma, el 7 de julio, tuve una desgraciada caída en mi casa, a consecuencia de la cual sufrí una fractura en la cadera derecha y tuve que operarme tres días después. Pasé ocho días en el hospital y unos dos meses con dolores y molestias. De modo que en ese tiempo estuve más ocupado y preocupado por mi recuperación que por los estragos de la pandemia, aunque esto parezca egoísta. Ya estoy casi recuperado.

Quiero tener aquí un recuerdo emocionado para varios compañeros de Efe que murieron el pasado verano: Ángel García Pintado, Javier Arias Camisón y Guillermo Tribín, y para otros tres colegas y vecinos cuyo fallecimiento en 2018, inesperado y prematuro, me impresionaron vivamente: Andrés Berlanga, Vicente Verdú y Homero Valencia, que al menos no conocieron la tragedia del coronavirus.

Ante la repetición de los daños de la COVID-19 en esta segunda ola, solo me queda la esperanza de que los gobernantes acierten con las medidas que toman para paliar el desastre y que los científicos den pronto con la vacuna que nos libre de esta horrible enfermedad. Amén.

Antonio M.ª Campos Sanabria

Historias de la Pandemia

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