José Antonio Gurriarán López

Adiós a Gurri

Gurriarán, en el Jardín de la Torre Victoria, en Westminster, el 15 de agosto de 1971

Quien acuñó por primera vez lo de “batallas periodísticas” estaba dando cuenta, no tanto de la bronca entre empresas, sino de la existencia y la necesidad de luchadores, periodistas, en esas batallas. Luchadores como José Antonio Gurriarán, que acaba de marchar al recuerdo de los suyos, familiares, amigos, compañeros.

Porque el Gurri, como le llamábamos con ese bisílabo directo que permiten el cariño y el compañerismo, fue un luchador, un gran luchador, un gran periodista luchador. Luchó desde muy joven con el maltrato de la salud. Luchó en todos los frentes del periodismo impreso, audiovisual y de gestión, en redacciones, en despachos y en corresponsalías. Luchó en todos los tramos de la escala, desde redactor en prácticas hasta director de medios. Luchó en esa trashumancia periodística que solo los mejores pueden disfrutar. Luchó para sobrevivir al drama que le sacudió precisamente por ser periodista.

Cuando una explosión rompió la Gran Vía de Madrid, Gurriarán, que andaba cerca, corrió hasta una cabina telefónica (no era tiempo de móviles) para informar. En la cabina le esperaba otra bomba que le medio destrozó, pero el luchador, siempre el luchador, salió adelante y emprendió una aventura insólita, inexplicable para los que no conocían ni compartían los tres grandes atributos de Gurri: coraje, dignidad e inteligencia.

En la cama, tras el atentado.

 

Sin lloros ni victimismos emprendió la tarea de encontrar a las gentes y a las causas que engendraron las bombas. Viajó, preguntó, corrió riesgos y encontró a las personas y las causas y todo lo plasmó en un libro, uno más de los que dio a luz. Fue quizá la más elocuente prueba de su inteligencia, de su dignidad y de su coraje. Después de la bomba y los daños personales que sufrió, pudo haberse retirado al Olimpo de las víctimas; pero no solo culminó la aventura, sino que continuó en la batalla profesional y no perdió ese estupendo sentido del humor que enriquecía a quienes le conocimos.

Porque a las buenas gentes, a los buenos periodistas, se les conoce en que resultan mejor cuando se les conoce. Eso ocurría con Gurriarán.


Joaquín Arozamena

6 de abril de 2019

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