Manuel Quintero Seisdedos

Fallecido el 30 de abril, a los 76 años. Asociado de honor, con el n.º 125. Ingresó en la APM en 1969

 

Manolo Quintero

Era un tío de esos que desde el primer momento cae bien. Educado, correcto, un tanto socarrón, de sonrisa fácil, durante muchos años barbudo exagerado como marcaba la etapa de los progres que estrenaban democracia. Había que tener mucha mala leche y ser muy insistente para tenerlo ideológicamente enfrente más de un minuto.

Periodista de la vieja escuela, tocó muchos palos de la profesión, pero fundamentalmente se distinguió en dos: aquel “Nuevo Diario” que navegó por las aguas de la transición a la democracia y “Diario 16”, de tiempos borrascosos, del que fue fundador y que pilotó durante varios años en su edición de Galicia.

Allá, en tierras gallegas, emprendió una nueva vida de la mano de Pilar y vio nacer y crecer a Nacho, hoy un hombretón que termina su carrera de ingeniero, un zagal que mamó bonhomía que va incrementando día a día, según se enfrenta a la vida. Y así, Manolo con Pilar y Nachete formaron un triángulo sólido, ejemplar, que solo ha conmovido, pero nunca destruido, su marcha.

A mí Manolo me dio muchas clases magistrales, sin necesidad de decirme nada. Yo veía, seguía el rumbo y acertaba. En lo profesional y, fundamentalmente, en lo personal. Tuve esa fortuna, tener el ejemplo muy cerca y disfrutar de aquellas conversaciones en las que subrepticiamente me inyectaba en vena su experiencia de vida.

Porque Manolo ha sido un tío que ha vivido bien, que ha sabido vivir bien, que ha exprimido el jugo de cada cosa como si fuera la última que hacía. Y lo ha  hecho con clase, con señorío, con coquetería, siempre con un sentido de amistad hacia los demás. Yo le apodaba el virrey de Galicia, porque, de la mano de su fiel amigo Alberto Alonso, era capaz de sacarse de la chistera, cada día, una edición del periódico, veraz y competitiva, después de haberse metido entre pecho y espalda una laconada, regada por el mejor vino de albariño. Y sin despeinarse.

Ahora se nos ha ido, seguro que a algún lugar donde haya huríes y vestales que le atiendan, y se habrá abrazado con Alberto, el Otaño, y Antoñito Herce, compañero del alma, compañero, dos trocitos de su carne a los que tanto quería y a los que tanto echaba de menos, y se habrán puesto a cantar “Con un sorbito de champán”, canción de guerra que entonaban en sus mejores momentos.

Y yo jodido, porque se me ha ido mi hermano.

Rafael Quintero
6 de mayo de 2019

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