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Y Cristino vivió la vida

“¿Supiste vivir la vida?”, le preguntaba en septiembre de 2009 el periodista Enrique Beotas a su colega Cristino Álvarez en una entrevista para El Correo Gallego.

“Y la sigo viviendo, siempre lo mejor que puedo”, le respondía Cristino con aquel punto de ironía gallega, es decir, de “retranca”, como decimos los de nuestra tierra para definir una forma de restar trascendencia a lo importante.

Cristino Álvarez (A Coruña, 26 de octubre de 1947) ha muerto después de vivir tres vidas: la suya propia, la que le robó al cáncer y la que alumbró a Caius Apicius, seudónimo que utilizó para firmar en la Agencia EFE sus más de 3.000 crónicas gastronómicas. ¿Crónicas gastronómicas? Las podríamos definir así, como podríamos llamarlas crónicas literarias o crónicas históricas porque sus textos eran un compendio de sabiduría y de cuidado exquisito del idioma español.

Cristino fue un gran luchador. Se opuso con firme determinación a la enfermedad que intentó devorarlo y quebró los sombríos pronósticos médicos que le anticipaban un adiós prematuro. Vivió al día todos los días que le regaló el destino, sin dejar de trabajar casi hasta el último suspiro. Cerró su crónica postrera el pasado 15 de enero. Miles de lectores devotos de sus textos en más de un centenar de medios de todo el mundo se han quedado huérfanos de su sabiduría.

Fue primero cronista parlamentario, autor de unos textos que destilaban ironía pero que no hacían “sangre” de ningún político aunque alguno se lo mereciera. Tenía muy buenas fuentes en aquellos años constituyentes, cuando la luz comenzaba a brillar al final del túnel de la dictadura.

Rafael Fraguas lo recordaba el pasado sábado 20, al día siguiente del fallecimiento de Cristino, en la cena anual de la XXV promoción de la Escuela Oficial de Periodismo, a la que pertenecía. Cristino le había confirmado días antes a Gloria del Campo, la organizadora, que asistiría a nuestra reunión, pero no pudo ser.

Así lo contó Fraguas: “Cristino me informó de que Adolfo Súarez era uno de los tres integrantes de la terna de políticos que el Consejo del Reino iba a proponer al Rey Juan Carlos I para que éste eligiera al sucesor de Carlos Arias Navarro en la Presidencia del Gobierno. Comuniqué el dato a “El País” y me despacharon como si hubiera dicho una necedad. El 3 de julio de 1976, el rey designa a Adolfo Suárez para presidir el Gobierno. Cristino demostró que tenía unas fuentes de primera”.

A primeros de la década de los 80, Cristino Álvarez propone a los responsables de EFE entrar en un terreno inédito en la agencia: la crónica gastronómica. Terreno resbaladizo en una empresa de noticias cuyo manual de estilo prohibía tajantemente la mezcla de la opinión y de la información.

Pero Cristino tenía en mente otra cosa: unas crónicas en las que la opinión estaría siempre sustentada en datos, documentos, citas ajenas. Y que firmaría bajo el seudónimo de Caius Apicius, en homenaje al gastrónomo romano del siglo I Marco Gavio Apicio, al que se atribuye el único tratado gastronómico que se conserva de la Roma clásica, “De re coquinaria”.

En medio del escepticismo general, EFE difunde el 31 de enero de 1981 la primera crónica del tal “Caius Apicius”, que pronto se convirtió en una referencia semanal del servicio de EFE, muy valorada por su originalidad y su alta calidad literaria.

Eran crónicas que no solo se leían. Se comía con ellas, tal era la alquimia de la pluma de Caius Apicius, capaz de hacernos creer que el texto olía a los platos de los que hablaba y a las recetas que recomendaba, ya fuera la simple fritura de un huevo, el tamaño de una milanesa, el aroma del pimentón español, el origen de la salsa mahonesa, el poderío del cocido madrileño o del lacón con grelos gallego.

Su osadía llegó en una ocasión a presentar una crónica con un solo punto, el final. Un torbellino de palabras que había que leer casi sin respirar. Se planteó el debate en la redacción sobre la oportunidad de distribuir una crónica que rompía los manuales de estilo, temerosos de que los clientes nos llamaran para pedir explicaciones. Cristino argumentó que era un homenaje a Camilo José Cela por su novela “Cristo versus Arizona”, escrita con un solo punto, el final.   La crónica se difundió y los clientes llamaron, pero para felicitar al autor por su originalidad.

Así era Cristino Álvarez, un periodista de raza, agenciero, culto, gran conversador,  de humor satírico pero sin ofender, una persona que decidió que la vida había que disfrutarla, engañando a la enfermedad que se lo quería llevar anticipadamente. Un  engaño que nunca hubiera conseguido sin el respaldo de su viuda, Maribel Corbacho, luz y guía del periodista con el que compartió tres vidas.

 

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